Qué compras exactamente cuando compras una acción

Esta es la segunda entrega de la serie sobre cómo funciona la bolsa de verdad. En la anterior vimos de dónde salió todo esto: un barco que tardaba tres años en volver y obligó a inventar la acción en 1602. Hoy toca lo siguiente, que parece obvio y casi nadie sabe contestar del todo: qué es exactamente eso que compras.

La respuesta corta: un trozo de propiedad de un negocio real. No un boleto, no una apuesta sobre un número, no un derecho a que suba. Un trozo de una empresa que vende cosas y gana o pierde dinero.

Todo lo demás de esta serie sale de ahí, así que merece la pena entenderlo bien.

«Un trozo de propiedad» no es una manera de hablar

Una empresa que necesita dinero para crecer tiene dos caminos: pedirlo prestado —un préstamo, o bonos, que hay que devolver con intereses— o vender un trozo de sí misma.

Vender un trozo significa literalmente eso: partir la propiedad de la empresa en muchos pedazos iguales y vender algunos. Cada pedazo es una acción.

Y las empresas se parten en muchísimos pedazos. Pon que una está partida en mil millones de acciones y que tú tienes mil. Eres dueño de una millonésima parte de esa empresa: de sus fábricas, de sus contratos, de sus marcas, de sus deudas y de sus beneficios futuros. Una millonésima parte suena a nada, y en poder lo es. Pero es propiedad de verdad, con las mismas consecuencias legales que la del que tiene el 5 %.

Esto tiene tres caras, y conviene verlas las tres: lo que te da, lo que no te da, y lo que no te puede quitar.

Lo que sí te da una acciónLo que no te da
Tu parte de lo que la empresa reparta —el dividendo—, en proporción a tus accionesQue te devuelvan el dinero. La empresa no te debe nada: no hay vencimiento ni devolución
Un voto por acción en la junta de accionistasEntrar en la fábrica, ver los libros o decirle nada a nadie
El derecho a venderle tu trozo a otro, si hay quien lo compreNinguna garantía: ni de cobrar dividendo, ni de recuperar lo que pusiste
Y una cuarta cosa, que no cabe en ninguna de las dos columnas: si la empresa quiebra, pierdes lo que pusiste y ni un euro más. Es la responsabilidad limitada, y está explicada más abajo.
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Lo que te da una acción

Tu parte de lo que la empresa reparta. Cuando una empresa decide repartir beneficios entre sus dueños, eso es un dividendo, y te toca en proporción a tus acciones. Si reparte 0,50 € por acción y tienes mil, cobras 500 €.

Con un matiz que se pasa por alto: la empresa no está obligada a repartir nada. Puede decidir que ese dinero se queda dentro para abrir más tiendas, pagar deuda o comprar otra empresa. No te está estafando: ese dinero sigue siendo tuyo en proporción, solo que en forma de empresa más grande en vez de en forma de euros en tu cuenta. Hay negocios enormes que no han repartido un euro en toda su historia.

Un voto por acción. En la junta de accionistas, cada acción es un voto. Se vota quién está en el consejo, si se aprueban las cuentas, si se reparte dividendo. En la práctica tu millonésima parte no decide absolutamente nada, y está bien saberlo en vez de creer lo contrario.

Pero ese derecho, sumado, sí decide. Los grandes fondos de inversión acumulan porcentajes importantes de casi todas las empresas grandes del mundo, y votan. Cuando alguien dice que los fondos indexados tienen poder, no habla de conspiraciones: habla de esto, de un derecho que viene pegado a cada acción y que ellos ejercen a lo bestia porque tienen muchas.

(La regla general es una acción, un voto. Hay excepciones —existen acciones sin derecho a voto— pero no cambian nada de lo que cuento aquí.)

Lo que no te da una acción

Aquí es donde se rompen unas cuantas ideas equivocadas:

  • No puedes presentarte en la fábrica. Ser dueño de una millonésima parte no te da acceso a

las instalaciones, ni a los libros, ni a decirle nada a nadie.

  • No puedes pedir que te devuelvan el dinero. La empresa no te debe nada. No hay vencimiento,

no hay devolución. Si quieres tu dinero, tienes que venderle tu trozo a otro. Y para eso hace falta que haya alguien dispuesto a comprarlo, que es justo el problema que resolvió el invento de 1602.

  • No te garantiza nada. Ni que suba, ni que reparta, ni que la empresa siga existiendo dentro

de diez años.

Esto último suena duro, pero es exactamente la diferencia entre ser dueño y ser prestamista. El que presta dinero a una empresa tiene derecho a que se lo devuelvan con intereses, y cobra antes que tú si las cosas van mal. El dueño no tiene derecho a nada y cobra el último. A cambio, se queda con todo lo que sobre si las cosas van bien. Esa asimetría es el negocio entero.

Lo que no te pueden quitar: la responsabilidad limitada

Y ahora la parte buena, que es probablemente el invento más importante de todo esto:

Si la empresa quiebra, pierdes lo que pusiste y ni un euro más.

Se llama responsabilidad limitada. Los acreedores de la empresa no pueden ir a por tu casa, tu sueldo ni tu cuenta corriente. Tu riesgo está limitado, desde el minuto uno, a lo que pusiste encima de la mesa.

Hoy parece obvio y no lo es en absoluto. Antes de que existiera, financiar un negocio ajeno podía arruinarte más allá de lo invertido, y por eso solo lo hacían quienes podían permitirse la ruina. La responsabilidad limitada es lo que hizo posible que gente normal pusiera dinero en cosas grandes. Sin ella no habría bolsa, ni fondos indexados, ni esta serie.

Por qué todo esto importa más de lo que parece

Si una acción es un trozo de un negocio, entonces su valor viene del negocio: de lo que esa empresa sea capaz de ganar dentro de cinco, diez o veinte años.

Eso reordena la cabeza. El gráfico del precio no es la empresa: es lo que otros están dispuestos a pagar hoy por el mismo trozo. Son dos cosas distintas, y confundirlas es el origen de media docena de errores caros.

Lo veremos con calma más adelante en la serie, cuando toque de dónde sale el dinero que se gana.

Y sin embargo, tu dinero no llega a la empresa

Aquí está la parte que prometí en la entrega anterior, y con la que cierro:

Cuando compras acciones de una empresa en bolsa, esa empresa no recibe ni un euro tuyo.

No es un error ni una trampa. Se las estás comprando a otra persona o a otro fondo que las tenía y ha decidido venderlas. Tu dinero va de tu bolsillo al suyo. La empresa ni se entera, más allá de cambiar un nombre en su registro de accionistas.

La empresa solo cobra el día que emite las acciones por primera vez. Todo lo demás —todos los días, todas las operaciones— es un mercado de segunda mano de trozos de empresa.

Eso abre tres preguntas que valen un artículo entero, y es el de la semana que viene: entonces para qué sirve la bolsa, quién decide lo que vale una acción el primer día, y por qué el precio de una acción, por sí solo, no significa absolutamente nada.

Lo que hay que quedarse: una acción es un trozo de propiedad de un negocio real. Te da tu parte de lo que reparta y un voto que por sí solo no decide nada. No te da derecho a que te devuelvan el dinero ni a que nada suba. Y no te puede costar más de lo que pusiste. Todo lo demás de la bolsa se construye encima de esto.

¿Y qué empresas llegan a tener acciones que se puedan comprar y vender? Bastantes menos de las que parece: en España cotizan 285 empresas de más de tres millones, repartidas en tres mercados distintos que casi nadie distingue — y en dos de ellos las acciones solo se cruzan dos veces al día.

Ya está publicada la siguiente entrega: para qué existe la bolsa, dónde va tu dinero cuando compras una acción (spoiler: no a la empresa) y quién pone el precio el día que una empresa sale a bolsa.

Todas las entregas, en el índice de la serie: Cómo funciona la bolsa de valores en España, explicado desde cero

Esto es divulgación sobre cómo funcionan los mercados. No es asesoramiento financiero ni una recomendación sobre ningún producto: aquí no se dice qué comprar, ni cuándo, ni con quién.

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