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Este es el primero de diez artículos sobre cómo funciona la bolsa de verdad. Empiezo por el principio de todo, que es el año 1602, y no por capricho: cuando entiendes qué problema vino a resolver la bolsa, la mitad de las cosas raras que hace dejan de ser raras.
Un barco que tardaba tres años en volver
Imagina que estás en Ámsterdam en 1600 y quieres financiar un viaje a las Indias.
El negocio es bueno: la carga que traen esos barcos vale una fortuna. Pero tiene dos problemas que lo hacen imposible para una persona sola.
El primero es que no tienes tanto dinero. Un viaje así cuesta más de lo que tiene casi nadie: hay que comprar el barco, la tripulación, las provisiones para años y la mercancía para cambiar al llegar.
Y el segundo es peor: aunque lo tuvieras, no lo darías. Porque ese dinero se va a quedar metido ahí dos o tres años, sin poder tocarlo, y con la posibilidad real de que el barco no vuelva. Nadie deja su patrimonio inmovilizado tres años a cambio de un quizá.
Fíjate en que son dos problemas distintos. Uno es de tamaño y el otro es de tiempo. Y las dos soluciones tuvieron que inventarse a la vez, porque cada una sin la otra no sirve de nada.
La solución, y todo lo que salió de ella
En 1602, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales hizo dos cosas.
La primera: partió su propiedad en trozos iguales y los vendió. Así, cien personas podían financiar entre todas lo que ninguna podía pagar sola. Cada trozo daba derecho a una parte de lo que la compañía ganara. Eso es una acción, y eso resolvía el problema del tamaño.
La segunda, y es la que casi nadie cuenta: permitió que esos trozos se revendieran entre particulares. Si al año y medio cambiabas de idea, no tenías que esperar a que volviera el barco ni pedirle el dinero a la compañía: le vendías tu trozo a otro, y la compañía ni se enteraba, más allá de cambiar un nombre en su registro.
Eso resolvía el problema del tiempo. Y de ahí nació el mercado de segunda mano de acciones, que es lo que hoy llamamos, sin más, la bolsa.
Quédate con esto, porque es lo más importante del artículo: la acción y el mercado donde se revenden las acciones se inventaron el mismo día y por el mismo motivo. No son dos cosas: son una. La segunda existe para que la primera sea posible. Nadie habría comprado un trozo de compañía si no hubiera podido venderlo después.
Cuatro siglos más tarde, sigue funcionando exactamente igual. Y explica una cosa que descoloca a casi todo el mundo cuando empieza, y que cuento entera en la siguiente entrega: cuando tú compras acciones de una empresa, la empresa no recibe tu dinero. Se las estás comprando a otro señor que las tenía. La empresa solo cobró el día que las emitió.

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Todo lo demás llegó enseguida, y sigue igual
Lo llamativo es la velocidad a la que apareció todo lo que hoy nos parece moderno.
En pocos años ya había gente comprando solo para revender más caro, gente apostando a que el precio bajaría, y pánicos por rumores. El primer libro que describe cómo funciona una bolsa es de 1688, se titula Confusión de confusiones, y lo escribió en español un comerciante de Ámsterdam llamado Josseph Penso de la Vega. Son cuatro diálogos entre un filósofo, un mercader y un accionista, y describen a los especuladores de su tiempo de una forma que podrías publicar hoy en un periódico sin cambiar una coma.
Y sigue a la venta, por si te pica la curiosidad: hay traducción moderna al español de hoy, de Profit, en papel por 12 € y en ebook por 4,99 €. Son ciento y pico páginas y se lee de un tirón.
Cuatrocientos años, y las personas somos las mismas.
Los tulipanes: la historia que todo el mundo cuenta mal
Aquí tengo que pararme, porque este es el ejemplo más repetido del mundo y casi todo lo que se cuenta de él es falso.
La versión popular dice que en la Holanda de 1637 el país entero se volvió loco comprando bulbos de tulipán, que un bulbo llegó a costar lo que una casa, que cuando todo se derrumbó hubo suicidios en masa y gente arrojándose a los canales, y que la economía holandesa se hundió.
Nada de eso pasó. La historiadora Anne Goldgar se metió en los archivos holandeses a buscar las ruinas de aquel desastre y no encontró ni una sola quiebra atribuible a los tulipanes. No hubo suicidios documentados, ni colapso económico, ni participación masiva: fueron unos pocos cientos de comerciantes y artesanos acomodados. El problema real fue mucho más aburrido y mucho más moderno: cuando los precios cayeron, los compradores se negaron a pagar lo que habían firmado, y los tribunales no les obligaron.
¿De dónde sale entonces la versión de los canales? De un libro de 1841, de un periodista escocés llamado Charles Mackay, que a su vez se basó en panfletos satíricos de la época — es decir, en el equivalente de entonces a los memes.
Lo cuento por tres motivos. Uno, porque es verdad y la verdad importa. Dos, porque la lección real es mejor que la inventada: las burbujas existen, son antiguas, y no hace falta adornarlas con cadáveres para que enseñen algo. Y tres, porque se entiende muy bien por qué la mentira ha durado casi dos siglos: la versión de los suicidios es más espectacular y vende mejor.
Con lo de Isaac Newton y la burbuja de 1720 pasa algo parecido, aunque menos grave: sí es verdad que perdió dinero. Lo que no es verdad es la frase que le atribuyen sobre poder calcular el movimiento de los astros pero no la locura de los hombres. Esa se la pusieron después.
Durante dos siglos, la bolsa fue un club privado
Otra cosa que choca al conocerla: los mercados no nacieron como instituciones públicas con reglas y vigilancia. Nacieron como grupos de profesionales que se reunían en un café.
En Londres, en el Jonathan's Coffee House, donde desde finales del siglo XVII un corredor llamado John Castaing pegaba en la pared una lista con los precios. En Nueva York, veinticuatro corredores firmaron el 17 de mayo de 1792 un acuerdo de dos frases para operar solo entre ellos y cobrar una comisión mínima pactada. De ahí arranca la Bolsa de Nueva York, aunque como institución no se constituyó hasta 1817.
Dicho sin romanticismo: aquello era un pacto de precios entre veinticuatro señores. Toda la regulación que hoy te protege —que las empresas publiquen sus cuentas auditadas, que te cuenten lo que mueve el precio, que haya un supervisor— llegó mucho después, y casi siempre después de una catástrofe. La estadounidense, a partir de 1933 y 1934, tras el crac del 29. La española, con la Ley del Mercado de Valores de 1988, que es la que creó la CNMV.
España llegó doscientos años tarde
La Bolsa de Madrid se crea en 1831, doscientos veintinueve años después de Ámsterdam, por decreto real y en un país que venía de perder las colonias americanas.
Y durante siglo y medio funcionó con corros: los intermediarios se juntaban físicamente en una sala, a una hora fija del día, y gritaban sus órdenes de compra y de venta. Si querías comprar acciones, llamabas a un señor con chaqueta que iba a esa sala a gritar por ti, y le pagabas una comisión por hacerlo.
Eso duró hasta hace nada: el mercado continuo, es decir, la pantalla, arrancó en 1989. El IBEX 35 nació en 1992. Hay gente que sigue trabajando hoy y empezó gritando en el corro.
Lo que cambió para alguien como tú
Toda la historia de arriba es, en realidad, la historia de un club al que tú no podías entrar.
Lo que lo abrió fueron tres cosas, y ninguna tiene que ver con la bolsa en sí:
1971 y 1976: alguien decidió copiar el mercado en vez de intentar ganarle. En 1971, Wells Fargo montó para un fondo de pensiones el primer fondo que simplemente compraba todo un índice, sin gestor que eligiera. Cinco años después, el 31 de agosto de 1976, John Bogle lanzó el primero pensado para el ahorrador normal. Se rieron de él: lo llamaron «la locura de Bogle», porque conformarse con la media parecía una rendición. De por qué no lo era va la entrega 6.
1986 y 1989: desapareció el corro. El Big Bang de Londres y el mercado continuo español sustituyeron los gritos por pantallas. Las comisiones se desplomaron y dejó de hacer falta un señor con chaqueta.
1990 y 1993: apareció el ETF. Un fondo indexado que se compra y se vende en bolsa como si fuera una acción. El primero del mundo fue canadiense, de marzo de 1990; el primero estadounidense llegó en enero de 1993. Es la última pieza que faltaba: a partir de ahí, alguien con cien euros puede comprar de una vez un trozo de miles de empresas de veintitantos países. La diferencia entre un fondo indexado y un ETF la conté aquí.
| Año | Qué pasó |
|---|---|
| 1602 | La Compañía Holandesa de las Indias Orientales parte su propiedad en trozos iguales y abre el sitio donde revenderlos. La acción y el mercado de segunda mano nacen el mismo día |
| 1637 | La manía de los tulipanes, la historia que casi todo el mundo cuenta mal |
| 1688 | «Confusión de confusiones», el primer libro que describe cómo funciona una bolsa. Lo escribió en español Josseph Penso de la Vega, en Ámsterdam |
| 1792 | Veinticuatro corredores firman en Nueva York un acuerdo de dos frases. De ahí arranca la Bolsa de Nueva York, que como institución no se constituye hasta 1817 |
| 1831 | Se crea la Bolsa de Madrid, 229 años después que la de Ámsterdam |
| 1933 y 1934 | Tras el crac del 29 llega la regulación estadounidense: cuentas auditadas, información al inversor y un supervisor |
| 1971 y 1976 | Wells Fargo monta el primer fondo que copia un índice entero; cinco años después Bogle lanza el primero pensado para el ahorrador normal. Lo llamaron «la locura de Bogle» |
| 1986 y 1989 | Desaparece el corro: el Big Bang de Londres y el mercado continuo español sustituyen los gritos por pantallas. El IBEX 35 nace en 1992 |
| 1990 y 1993 | Aparece el ETF. El primero del mundo es canadiense; el primero estadounidense llega en enero de 1993 |
Lo que no ha cambiado en cuatrocientos años
Todo lo anterior son cambios de fontanería: dónde se negocia, a qué velocidad, cuánto cuesta operar, quién puede entrar.
Debajo sigue exactamente lo mismo que en 1602. Alguien pone dinero en un negocio que no controla, a cambio de un trozo de ese negocio, esperando que gane dinero, y con la posibilidad de vender ese trozo por el camino. La fontanería cambia cada treinta años. Eso no ha cambiado nunca.
Lo que hay que quedarse: la acción y el mercado donde se revenden las acciones se inventaron el mismo día, en 1602, para resolver un problema muy concreto — financiar algo caro sin dejar el dinero atrapado. Todo lo demás son cuatro siglos de mejoras técnicas y de reglas puestas después de cada desastre.
Ya está publicada la siguiente entrega: qué compras exactamente cuando compras una acción. Y por qué cuando le compras acciones a una empresa, la empresa no recibe ni un euro tuyo. Puedes ver las diez entregas de la serie aquí.
Esto es divulgación sobre cómo funcionan los mercados. No es asesoramiento financiero ni una recomendación sobre ningún producto: aquí no se dice qué comprar ni cuándo. Las fechas y los hechos históricos de este artículo están comprobados uno a uno en fuentes institucionales y académicas.
